"¿A qué se debe mi continua inquietud anterior, esta desgana de participar, este repliegue dentro de mi propia cáscara, este aborrecimiento contra lo que me rodea? Sí, aborrezco a todo y a todos, blandiendo los puños (¡aunque sin sacarlos de los bolsillos, por cobarde!). Frente a todo lo que contraría mi voluntad, juzgando con arrogancia a personas con las cuales apenas he cambiado dos palabras. Cuando salgo a una excursión o estoy por reunirme con gente en otras circunstancias, pienso siempre: ¿qué vas a hacer, qué vas a decir?, porque no puedes quedarte ahí sentado sin decir nada si no quieres pasar por un imbécil. Yo no quiero pasar por un imbécil, porque no lo soy. ¿De dónde este dudar de mí mismo? ¿De dónde mi desaprobación de los que hablan mucho y mi alta opinión de los que son taciturnos como yo? ¿Son celos? Siento por lo común una gran inercia; no puedo soportar más este estilo de vida. Cuando considero lo que hago un día cualquiera (por ejemplo, hoy, 24 de junio de 1919), encuentro que poco lleva a ningún lado y a cambio mucho es agotador. 6 y 30 a 9: doy lecciones particulares; 9 a 11: clases; 11 a 11 y 15: me siento en el Votivpark leyendo el diario; 11 y 15 a 11 y 45: cola ante la cafetería estudiantil; 11 y 45 a 12 y 15: estoy entre el ruido y tumulto de la cafetería , un ambiente poco menos que inhumano; 12 y 30 a 1 y 30: lecciones particulares; 2 a 3 y 30: ídem (Química); 3 y 30 a 6: quería practicar disección, pero tuve que hacer cola en las oficinas de la Universidad hasta las seis; 6 a 6 y 45: cola en espera de turno, cena; ahora estoy tan cansado que no soy capaz de un trabajo mental serio. ¿Dónde hay tiempo para mi, para mi, para mi? Y lo mismo día tras día. Sólo tengo dos horas de noche para estudiar, y aun entonces a menudo o falla la luz, o falla mi cerebro. ¿Y esperan verme feliz, alegre, sociable?" (Reich, W. (1990, p. 108-109).